EL LADO OSCURO DEL MAGO MERLÍN

Durante siglos, los bardos cantaron que Merlín fue el más grande de todos los magos.
El consejero de reyes.
El protector de Camelot.
El hombre que guiaba con sabiduría al joven Arturo.
Pero esa no era toda la historia.
Existía un manuscrito que nunca fue leído en voz alta. Permanecía sellado bajo una torre de piedra, oculto por aquellos que comprendieron que algunas verdades podían destruir un reino entero.
En sus páginas aparecía un título inquietante:
"El Segundo Rostro de Merlín".
Según aquella antigua crónica, Merlín no nació siendo un sabio.
Desde joven buscó el conocimiento allí donde ningún hombre se atrevía a entrar. Descendió a cavernas donde el eco repetía palabras que nadie había pronunciado, estudió símbolos grabados en rocas más antiguas que los bosques y aprendió idiomas olvidados por el tiempo.
Cada secreto le otorgaba un nuevo poder.
Pero también le arrebataba una parte de su humanidad.
Al principio apenas lo notó.
Dormía menos.
Su mirada parecía perderse en lugares invisibles.
Comenzó a hablar solo, como si respondiera preguntas que nadie más podía escuchar.
Los monjes pensaban que estaba bendecido.
Los campesinos creían que conversaba con los espíritus del bosque.
Solo Merlín conocía la verdad.
Había descubierto un conocimiento que exigía un precio.
Cuanto más aprendía, más difícil le resultaba distinguir entre la realidad y las visiones que inundaban su mente.
Una noche llegó al antiguo Círculo de las Trece Piedras.
En su centro encontró una figura cubierta por una inmensa capucha gris.
No tenía rostro.
No tenía sombra.
Solo una voz.
—Todo conocimiento tiene dos puertas —susurró la figura—. Una conduce a la sabiduría. La otra conduce al dominio.
Merlín eligió la primera.
Pero comprendió demasiado tarde que ambas comenzaban por el mismo sendero.
Desde entonces empezó a utilizar artes que jamás enseñó a Arturo.
Aprendió a detener el tiempo durante un instante.
A escuchar conversaciones pronunciadas siglos atrás.
A caminar por los sueños de los reyes.
Incluso podía contemplar futuros posibles.
Pero cada vez que empleaba aquellos poderes, una sombra crecía detrás de él.
No era una criatura.
Era su propio reflejo.
Un Merlín diferente.
Más frío.
Más poderoso.
Más dispuesto a controlar el destino de los hombres.
El día en que Arturo fue coronado, aquel reflejo le habló por primera vez.
—Si conoces el futuro... ¿por qué permites que ocurran las tragedias?
Merlín no respondió.
Sabía que cambiar un solo acontecimiento podía destruir cientos de vidas invisibles.
Pero la sombra insistía.
Con el paso de los años, comenzó a influir en sus decisiones.
Le mostraba atajos.
Victorias fáciles.
Secretos que ningún enemigo podía vencer.
La diferencia entre ambos empezó a desaparecer.
Los que miraban a Merlín ya no sabían si hablaban con el sabio... o con la sombra.
Entonces ocurrió el hecho que jamás fue escrito en los libros del reino.
Merlín construyó una cámara bajo la colina más antigua de Britania.
Entró solo.
En el centro dibujó un gran círculo de piedra.
No encerró a un monstruo.
Se encerró a sí mismo.
Comprendió que el enemigo que había buscado durante toda su vida nunca estuvo fuera.
Siempre había vivido dentro de él.
La leyenda dice que la puerta quedó sellada para siempre.
Pero algunas noches, cuando la niebla cubre los antiguos bosques, los viajeros afirman escuchar dos voces saliendo de las profundidades.
Una habla con serenidad.
La otra promete poder absoluto a cualquiera que se atreva a abrir la puerta.
Y nadie sabe cuál de las dos pertenece realmente al verdadero Merlín.
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